José Francisco era el nombre del más pequeño de doce hermanos. Si bien el no era precisamente un niño de la calle, bien podría pensarse lo contrario. Pasaba la mayor parte de su día vendiendo chicles entre mareas automovilísticas que se detenían escasos minutos ante la imponente luz roja.
En la calle parecía que su nombre no era de mucha importancia. El respondía al apodo de enano. Su físico no era imponente. Era un pequeño niño negrito y delgado al extremo. Al mirarlo suponía que cualquier modelo hubiera deseado su esquelética figura. Su cabello era negro, con aspecto desaseado y a corte militar. Tenía los ojos castaños obscuros sin brillo, tan comunes de ver en la calle. Su pequeño rostro era un collage de cicatrices y costras a punto de caer. Su espalda era testigo de las golpizas propinadas por un padre borracho, bueno solo para tirar hijos al mundo y hacerlos trabajar para su vicio.
En la calle parecía que su nombre no era de mucha importancia. El respondía al apodo de enano. Su físico no era imponente. Era un pequeño niño negrito y delgado al extremo. Al mirarlo suponía que cualquier modelo hubiera deseado su esquelética figura. Su cabello era negro, con aspecto desaseado y a corte militar. Tenía los ojos castaños obscuros sin brillo, tan comunes de ver en la calle. Su pequeño rostro era un collage de cicatrices y costras a punto de caer. Su espalda era testigo de las golpizas propinadas por un padre borracho, bueno solo para tirar hijos al mundo y hacerlos trabajar para su vicio.
El enano alguna vez me conto sobre sus raíces. Su madre vivía en Oaxaca y conoció a su padre en una fiesta del pueblo, este la embarazo y la trajo a vivir al D.F, donde procrearon hijo tras hijo. También recuerdo que me conto sobre como era su vida diaria. Su mamá iba a la merced a comprar ochenta y cuatro cajas de chicles cada semana y repartía una a cada uno de los doce hermanos, todos los días de la semana; después de la escuela el enano partía lo más aprisa que podía al semáforo y se ponía a vender cada chicle a un peso, tenía que juntar ciento cincuenta pesos diarios, eso si quería comer un poco de esa suculenta cabeza de puerco y no solo un chile. El juntar ese dinero requerido por el hijo de las mil putas que era su padre, también le daba la garantía de que ese día le tocaba dormir en colchón y no en el frio suelo, además de asegurar que ese día su padre no le daría un cuerazo por cada chicle que no vendía.
José Francisco solo comía una vez al día, a veces dos cuando yo llevaba algo de comer o un poco de cambio para comprar algo en la tarde. Me sorprendía demasiado su falta de ilusiones. A su edad yo soñaba con ser rico, tener siete hijos y casarme con Daniela, mi primer amor. El en cambio solo tenía una aspiración a diario y esa era poder vender ciento cincuenta pesos para hacer feliz a su padre.
Pase cerca de tres temporadas vendiendo cerca de ese semáforo, un caluroso y repentinamente lluvioso verano, un frio otoño, y un invierno con fríos insoportables que parecían no calarle ni un poquito al enano. Yo había ahorrado un poco de dinero para esta temporada, quería comprarme ropa y algunos regalos para mi novia, sin olvidarme por supuesto de mi pequeño camarada el enano. Cerca del veinticuatro de diciembre le pregunte al enano ¿qué harían en la navidad?, ¿qué cenarían?, ¿donde se la pasarían? , ese tipo de preguntas que a menudo uno hace a sus conocidos en esas fechas, pero su respuesta me sorprendió, Pepe Paco no sabía siquiera que era la navidad.
Le comente que era una celebración de origen cristiana, en la que se celebra el nacimiento de Jesucristo en Belén, le conté también que en la actualidad a mi perspectiva era solo un pretexto para festejar, que las familias se reunían y cenaban mucha comida, brindaban por cualquier pretexto y se regalaban cosas, que era una fecha que parecía que volvía a toda la gente feliz.
Su cara en un principio fue de sorpresa, en especial en el momento que mencione la gran cena, pero después cambio a una risotada incrédula, <<Me estas bromeando veda jajaja crellíste que era tan tarugo para creer tu broma>>me dijo entre carcajadas, No es ninguna broma enano le asegure y puso su cara seria de momento << ¡No te creo ni un poquito! , ¿Cómo puede ser posible todo eso si en mi casa nunca se ha hecho nada de eso?>>
No sabía que contestarle al enano. No podía decirle que no sabía nada de eso porque su padre era un hijo de puta. Le pregunte qué haría esa noche y me dijo que trabajar. Ese día le daban más chicles de los que normalmente y tenía que venderlos todos si es que quería dormir en casa. Le pregunte cuánto dinero tenía que entregar y me dijo que cuatrocientos pesos.
Camine a casa entristecido por el enano. Me desanimaba saber que en el mundo había gente tan hija de puta como su padre. Llegue a casa y le conté a mamá la situación de mi pequeñito amigo. Mi madre se entristeció pero de inmediato me dio la solución, <<Invítalo a cenar aquí a la casa, donde cenan dos cenan tres>> ordeno mi madre.
Fue así que el veinticuatro llego. En la mañana pase por el semáforo para dejarle una torta de tamal al enano, le dije que se preparara para su primera navidad. Sus ojos por primera vez desde que yo lo conocía reflejaban el brillo que provocaba la ilusión. Pero de pronto se apagaron, <<Tengo que vender cuatrocientos pesos antes de que la noche caiga, no tengo tiempo para tus bromas>> contesto serio y negando con la cabeza.
A las cinco de la tarde pase por el enano y lo lleve a comer sus tacos de suadero favoritos. Le dije que yo le daría el dinero pero que viniera a cenar con mi familia. La propuesta le pareció muy buena y acepto.
Camine con el enano un rato por la ciudad, lo lleve a tomar un baño a la casa del Arthur y le entregue su primer obsequio, una camisa nueva, azul de su color favorito, ropa interior nueva y un pants para que el frio no le calara tanto, a pesar de que siempre lo negaba <<Me siento como un niño nuevo>> decía el pequeñín mientras veía su figura reflejada en el monumental espejo del cuarto de Arthur.
La hora de la cena se acercaba, así que nos dirigimos a mi casa, presente al enano a mi familia con ese nombre que pocos conocían y el termino la presentación diciendo <<Pero todos me dicen el enano>> lo cual provoco varias risotadas en mi familia.
La noche paso de lo más normal, se arrullo al niño dios, se hiso el brindis, la cuenta regresiva y el abrazo, antes de comenzar con la modesta cena de navidad el enano se paro en la silla que ocupaba y una vez de pie agradeció a todos por ser tan buenos con el <<Muchas gracias amigos, gracias por abrirme su casa y invitarme a llenar mi barriga en esta cena, en verda esta es mi primera navida y espero que no sea la última, o que mi familia aprenda a celebrar así>> una vez dicho esto recibió el aplauso de todos y se dejo caer de nalgas sobre la silla para empezar a comer.
Después de que termináramos de cenar y el enano hubiera repetido los tres tiempos por lo menos tres veces, me pidió que lo llevara a su casa por que moría de sueño, tome mi suéter y un carrito que le había comprado al enano y se lo entregue.
Llegamos a su casa y le di los cuatrocientos pesos para que no lo regañaran, toco a la puerta de su casa y antes de que abrieran la puerta me abrazo un poco temeroso <<Eres mi mejor amigo, por favor nunca me olvides>> expreso temeroso antes de que se abriera la puerta del infierno y saliera de ella el borracho de su padre con cinturón en mano, <<Ahí tiene los cuatrocientos pesos que le pedía al pequeño, así que por favor no lo atormente hoy, sea piadoso de ese pequeño angelito>> tomo el dinero mientras el enano somnoliento entraba en el recinto.
Su padre azoto la puerta y después de eso todo fue silencio.
Hace seis años que paso esto y después de ese día no volví a saber nada del enano ni de su familia, no sé si siga vivo mi pequeño camarada, pero cada veinticuatro de diciembre me parece verlo en ese mismo semáforo donde lo conocí, pero al acercarme a confirmar su presencia me sorprende la confusión, no parare de buscar a mi pequeño amigo, mientras tanto este donde este espero que tenga una feliz navidad.