Raphael Dómine

Raphael Dómine

jueves, 28 de marzo de 2013

La fugacidad del amor

Hace tiempo fue Alexandra quien me robaba el sueño, la princesa en el palacio de mi pensamiento, mucho tiempo seguí a su lado aunque no estaba con ella. Tiempo después desapareció.
Me volví inmune a sus notas de sirena. Naufrague ciego y vacio, buscando aquello que me completara. De pronto un día sin saberlo conocí a la mujer que le daría significado a la belleza.
Un cabello rizado y negro, un cuerpo pequeño, una cintura esbelta, el dibujo perfecto de unas piernas y unos brazos blancos, las manos de una artista, un rostro lleno de inocencia con ojos repletos de nostalgia, profundos como abismos, la nariz respingada de las hadas saladas y los labios rosados y carnosos.
Una voz dulcemente suave y una imagen claramente borrosa es en estos días. Una imagen difícil de borrar. Su nombre y mi nombre sonaban bien enlazados a diferencia del contraste visible de nuestros cuerpos.
Verónica me hiso sentir como a un niño inexperto en las artes del amor, toda ella era un misterio y su amor no era la excepción.
Y se fue antes de comprender que la amistad se basa en el cumulo de mentiras.
Años dure tras sus huellas sobre las tres lunas, siguiendo el rastro olfativo de su cabello rizado, sin entender su regreso a su Venus Natal.
 Llore su ausencia durante años. Renegué los intentos vanos del amor y lo ocupe como medio para satisfacer los deseos más sinceros de la humanidad.
Fui peor de lo que nunca había sido. Sentí las amplias recompensas de las que el Egoísta Absoluto me había hablado en un extenso catalogo de perversiones.
Y en el momento que solo amaba con los genitales fue que conocí a una misteriosa vampiresa que con voz de ángel provoco el deseo hirviente de complementar el amante perfecto.
Solo conocía su voz, sus sueños y su nombre. Aun así viví a su lado las imposibilidades de un amor desesperado. Conocí su rostro y soñé desnudo su cuerpo, imagine correspondido mi amor ficticio.
Me gustas, te gusto y solo eso, yo encontré al amor de mi vida antes de conocerte, aun así sabiendo lo nuestro imposible, tú me perteneces, como nuestro amor a la luna.
Un amante desesperado y loco que pretendía cambiar a la mujer de otro, después de noches llorando y de orgasmos a larga distancia, nos vimos entendiendo nuestro amor solo era una buena historia para escribir.
 Y poco a poco nos fuimos alejando Madeleine y yo fuimos ajenos, siendo de vez en cuando prójimos en soledad.
Su amor empeoro mi estado. Comencé a descuidar mi aspecto, a sentir un desprecio por todo el mundo. Ya el amor no me interesaba. Aunque por dentro soñaba el día de su llegada.
Camine solo por el mundo con la última esperanza en mis bolsillos, comencé a escribir para refugiarme en algo, para no pensar incesantemente en la muerte.
Escribí sin técnica, sin tema y sin ataduras, comencé a hacerlo por una necesidad de la Psyche y de pronto un día un piropo literario me hato a una nueva imposibilidad.
Ya no era como fui antes. Aprendí a mentir para ocultar mi desesperanza. Seducía a las mujeres como a las vacas y a las vacas como mujeres. Conquistaba corazones blandos con la facilidad con la que un perro alza la pata.
Pero ella no sé cómo ni sé porque logro evadir cada una de las murallas que surque para  proteger al generador de espasmos y en poco tiempo sus manos controlaban mi respiración.
Imagine que Karla sería la mujer perfecta. Soñé surgir la magia  al cruzar nuestras miradas y escribí como el Adán que no se enamoro de Eva sino de Lilith.
Pero ella sufría un amor peor que el mío. La necesidad de proteger al ser amado de cualquier dolor incluso aquel que ella pudiese provocar.
Quiso alejarme de su vida, que mi voz enmudeciera y mi amor volara a los brazos de una prostituta o una calavera.
Mi mente sentía el caos que otras mentes quizá sintieron al conocerme. Y a pesar de todo me negué a perderla. Escribiendo para ella obras maestras que conquistaban mujeres.
Y logre obtener su corazón en una caja de madera. Rompiendo el autoengaño al no sentir la magia en la unión de nuestras almas.
Soy consciente de que el hombre aprende a mentir mucho antes que a pensar. Pero saber que uno es víctima de sus propias mentiras es algo que me devasto.
Ya la vida no tenía para mí más amor o eso era en lo único que podía pensar.
Pero una tarde en una cafebrería camino frente a mí una Venus madura hecha del sueño de un artista perverso. Verlaine en mis manos y Girondo en el pensamiento.
Camine hipnotizado siguiendo la suave danza de su cadera. Me acerque a ella como un hombre seguro de su método de seducción. Y sin más solté la primera parte del poema 1 del espantapájaros.
Consiguiendo así una cena con la diosa Hera. Los hombres ese día centraron su odio en mi fortuna. Mientras yo sonreía drogado por el olor de sus bellos labios.
La noche celosa surgió entre la charla  y se la llevo  a toda prisa con un beso robado.
Esa mujer era Anna. La dulce diosa solitaria. La mujer tan bella que los hombres temían abordar y que siendo un crio, yo lo había logrado.
Pero su amor fue el más fugaz de todos. Apenas comenzaba  a sentirlo, cuando recordé mi gusto por las ninfulosas.
Pude engendrar una vida placentera a su lado. Pude vivir todas las comodidades y disfrutar de ella y de su hija como Humbert Humbert. Pero un día sin saber cómo, entro en mi vida el último amor del que aun no puedo emanciparme.
No basta con decir la trillada frase “La mire y surgió el amor” porque eso solo era un atractivo visual.
Quizá describir este amor sea lo más difícil, porque aun lo vivo, porque no he podido y no sé si podre tirarlo por la ventana.
Con ella surgió un vínculo que con nadie había formado. Su cuerpo aparentemente inocente y su rostro aun de niña no eran lo que comúnmente me atraía. Pero ahora eran todo en lo que podía pensar.
Sus ojos grandes llenos de sueños y tristezas, sus labios atiborrados de amores inentendibles, hechos de pecados inconfesables.
Sus senos suaves y opulentos, sus cálidas manos, sus dedos pequeños y sus piernas de futbolista, Cheshire cuando sonríe y abanicos que alaban a su mirada.
Sin decir mucho de su cabello multicolor que es un reflejo de su estado anímico.
Pero esto aunque parece perfecto, dejo de interesarme en el momento que vi desnuda su alma.
Antes de ella pude asegurar que el amor nace a través de la vista. Ahora lo único que puedo creer es que me enamore de aquello que nunca pude ver.
Y aquí en verdad fue el momento en que para mi nació la poesía. El contar los días, los minutos y segundos para volverla a ver.
Ella es una niña todavía, yo un viejo en el cuerpo de un chico. Pero ningún intento hacía que  me correspondiera.
 Sin saber por qué comencé a escribirle. Primero para ver qué pasaba. Después como una necesidad.
Mis cuadernos comenzaron a llenarse de ella. La gente que los leía inevitablemente caían como yo en su hechizo.
No sé si algún día continúe escribiendo el desenlace de este amor. Pero hoy tan solo veo imposible la fugacidad que antes describí.
Aunque intente aventurarme de nuevo para mí no hay más después de ella.


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